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Anécdotas vitales de ayer y hoy.

Anecdotarium Vitae XIII: El temario insondable II

Seguí avanzando cautelosamente por los pasillos de aquel lugar, cruzándome con otras almas estudiosas de lo desconocido iguales que yo. Muchos estaban allí por las mismas razones que yo, aunque sus intereses fueran diferentes e igualmente ignorados por mí. No hablé con nadie, pues mi mente estaba absorta en rememorar una y otra vez todos los conocimientos que había adquirido hasta aquel día.

Encontré la estancia donde había de ser evaluado por uno de aquellos que debía decidir si había alcanzado el adecuado nivel de oscuros conocimientos. Parecía haber llegado tarde, y todos los que como yo, debían pasar la prueba, estaban ya sentados y en silencio. Yo me senté frente a la puerta, costumbre que había adquirido hacía tiempo, en previsión de que los hechos que acontecieran a continuación fueran tan espantosos que debiera huir, cosa que había ocurrido ya en alguna ocasión.

Aquel hombre, una especie de estudioso entre los estudiosos, el gurú de los conocimientos que están prohibidos excepto a aquellos que son considerados aptos, esa especie de ente superior erigido sobre sus iguales por ellos mismos en reconocimiento de la ingente cantidad de sus viles sapiencias (o a dedo, como se suelen elegir estas cosas a veces), me puso sobre mi mesa una hoja de papel llena de símbolos arcanos.

Aquella hoja, llena de incomprensibles galimatías más propios de un demente que de personalidades cuerdas, me hizo temer que en algún momento hubiera ofendido a los mil hijos de Hypnos y que todo fuera una pesadilla enviada por ellos, los Oniros. O tal vez algún resquicio de la putrescencia que introdujeron en mi mente las gentes y los sitios que vi en su día a través del Trapezoedro Brillante y no pude purgar de mi cerebro. Mi cuerpo se sacudió de pavor como si una manada de Cthonians hubieran irrumpido bajo mis pies, al darme cuenta de que incluso en mis peores sueños, donde los Ángeles Descarnados de la Noche campan a sus anchas y los inmundos Shoggoths me atormentan con su fétida presencia, había sentido nunca tal cantidad de horror.

¿Cómo podría alguien nunca haber podido albergar en su interior tamaños conocimientos? Solamente las preguntas, horrendas expresiones de ideas y sabidurías largamente olvidadas, oscuras representaciones de horrores putrescentes y aberrantes que descomponen las mentes que se exponen a ellos y las convierten en plasma burbujeante y hediondo. En todo lo que había estudiado de mis espantosos libros, no había ni una sola referencia a tales monstruosidades.

No pude evitarlo, me giré y le pregunté al hombre que había sentado a mi espalda.

– Macho… ¿Esta asignatura cual es?
– Elasticidad y resistencia de materiales.
– Me cagon en Cthulhu, me cago en Nyarlathotep y me cago en la mitad de los Dioses Arquetípicos

Miré a un lado y otro, atenazado por el pánico de la confusión, todo lo que me rodeaba se convertía ahora en una cruel y deforme sátira de mis objetivos. La cabeza me daba vueltas. No recuerdo exactamente cómo conseguí salir de allí, sólo que horas más tarde conseguía llegar a casa por mi propio pie, con el cuerpo intacto, pero con la mente caminando al borde del más profundo abismo de la locura. Apenas recuerdo nada de aquello, poco más unas cuantas palabras que todavía resuenan en mi mente.

– Pero ¿Cómo? ¿Ya se va usted? ¿Le parece el examen demasiado difícil?
– Es que ni siquiera estoy matriculado aquí, yo soy de otra carrera…

Frase del día: «Ïa ïa Shub-Niggurath»

PD: El autor pide disculpas a todos los que no son fans de Lovecraft, porque lo más probable es que no les haya hecho la menor gracia todo esto. Ya escribiré algo que sea más comprensible por el universo no friki.

PD2: Por motivos ajenos a mi persona, estoy temporalmente y por una duración indefinida sin internet en casa. Esto significa, evidentemente, que no puedo ni atender los comentarios, ni el correo y menos aun el msn (lo de leer otros blogs ya es otra galaxia en esta situación), a menos que lo haga desde la universidad, así que paciencia. Por supuesto significa también que se acabó lo de dejar posts nuevos en fin de semana, con la molestia que eso hace…

Anecdotarium Vitae XIII: El temario insondable I

Permitirán ustedes que no me presente, pero los hechos que aquí les relato son demasiado horribles para ello. Si yo les diera mi nombre y apellidos, esta historia estaría teñida de un halo de realismo que ustedes no desean en realidad, porque la duda es a veces una aliado maravilloso de la mente que puede hacer que den por hecho que todo es falso, y que lo descarten como un cuento de horror más, evitándose la posibilidad de enloquecer por las cosas que voy a relatarles.

Yo sin embargo sé que es cierto.

Por aquel entonces yo había estado instruyéndome en materias de estudio ciertamente desconocidas para la inmensa masa que puebla este mundo: figuras en el espacio euclídeo (a pesar de que mi interés por las aberrantes formas no euclidianas eran ampliamente conocidas por mis cercanos), la transmisión de energías entre entes de diferente origen, etc. Mi cordura siempre se resintió de aquellos arcanos conocimientos, aunque nunca pude resistir el interés que en mí provocaban, convirtiéndose aquello en un maligno círculo vicioso como un perro de Tíndalos 1 que se muerde la cola.

Mis conocimientos sobre esos oscuros temas, aunque escuetos, me habían llevado a emprender algunas aventuras de las que más tarde podría haberme arrepentido. No obstante, mi curiosidad era mayor que mi temor (o tal vez que mi estupidez) y qué demonios, siempre quise saber qué era lo que quería saber el gato.

Así, montones de libros y papeles que parecían garabateados por un demente, se acumulaban sobre mi mesa: el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred, El Unaussprechlichen Kulten de Von Juntz, la Electrónica de Potencia del Villa…

Después de mucho tiempo reuniendo información, no fue sino el momento de ir a la universidad, donde tan gratos momentos había pasado antaño y demostrar hasta donde mi dominio de tan ignotos temas había llegado. El edificio, una enorme masa de piedra del S. XVIII que había albergado en tiempos de mis antepasados un hospital militar, se erguía imponente bajo el las oscuras nubes, creando una cierta sensación de desasosiego y vértigo que habrían convertido en una masa de carne desquiciada y babeante a aquellos menos preparados. Había sido abandonado hacía décadas, aunque posteriormente lo habían usado para albergar precisamente instancias de la universidad, igual de desquiciante que aquel cuervo de Poe.

Franqueé las puertas de aquella magnífica construcción y sentí una oleada de aire malsano. Como si las almas de los allí difuntos hubieran decidido regresar de las más profundas simas del Hades para expulsarme, sentí una sensación de repulsión tal que apenas pude contener las ganas de huir. La impresión de una amenaza desconocida, ignota, se volcó sobre mí, provocándome una marea de ideas enloquecidas y cuyo único fin parecía ser salir de allí a cualquier precio. Pero no. ¡No! Mis pasos me habían llevado allí después de muchos sacrificios en pos de conocimientos más viejos que mi mismo linaje, y no estaba dispuesto a sucumbir al terror que cada vez con más insistencia atenazaba mi corazón.

Continuará…

Frase del día: «Que no está muerto lo que yace eternamente, e incluso con el paso de los evos aun la muerte puede morir.»

PD: Esta entrada de los Anecdotarium Vitae, además de venir muy bien por la época está evidentemente inspirada en los relatos de H. P. Lovecraft, a quien se lo dedicaría si no fuera porque me la dedico a mí mismo y a todos los que estamos todavía puteados con los exámenes.

Anecdotarium Vitae XII: Magnetismo Nuclear

Por aquellos tiempos se conocía que tenía una rodilla jodidilla (y ahora también, que como el anuncio, esto no es Renol Ocasión para hacer milagros), nada que ver con esto otro, y después de una maravillosa visita al traumatólogo me habían mandado a hacerme una cosa que llaman resonancia magnética nuclear, una cosa así como muy hitech que ya comentaré después.

El caso es que yo pensaba que era otra cosa, pero un traumatólogo es un tío que cuando le dices que te duele la rodilla al pisar el acelerador, te pide que te bajes los pantalones, te mete mano un rato y después te dice en plan lapidario: no pongas la rodilla en las posiciones que te duela. Ahí, sí señor, diez años de carrera para soltar esa perla. Así también soy yo médico.

Luego me mandó una resonancia, para contrastar con unas radiografías que traía yo de casa. No, no me las había hecho yo, el horno falla un poco pero todavía no emite suficiente radiación para hacer radiografías, todo a su debido tiempo. Las radiografías me las hizo un señor muy amable que me puso en una máquina y me fue diciendo posturitas para delante de la máquina que ya no se si se trataba de unas radiografías o una sesión de porno hardcore. Al final las radiografías no las miró el traumatólogo, supongo que para su expertísima perla de sabiduría de «no cogas malas posiciones» no hacían falta; no me lo dijo, pero supongo que llegado el caso también me habría dicho «no te des martillazos en la frente y no te saldrán chichones». Una eminencia el tío.

Resulta ser que una resonancia magnética nuclear es una técnica que te meten en una máquina y por medio de campos magnéticos de muchos gauss reorienta los átomos, y los átomos devuelven unas señales que se recogen con unas cacharritos que ya montan una imagen en 3D. Ya te digo, todo muy jaitec y muy espectacular sobre el papel. Luego al final es una máquina que cuando te meten debajo parece que tengas encima a veinte chinos puestos de cafeína hasta las pestañas pegando golpes con el goznillo del timbre del cárter sobre la junta de la trócola, durante treinaa minutos.

Lo de pedir cita para una cosa de esas no es de pedir cita, tu te apuntas y ellos ya te llaman cuando les viene bien, así que no olvidéis adjuntar un billete de 100 con la petición. Después, el día menos pensado te llaman y te dicen que tienes que estar tal día, en tal sitio, a tal hora, o te quedas sin follar… No, perdón, eso era otra cosa. Tienes que estar tal día, en tal sitio y a tal hora para que te metan en la maquinita a hacerte la resonancia de marras.

Yo llegué a mi hora (cosa rara) y antes que yo entró una señora mayor a la que se le fue la luz, y en lugar de treinta minutos estuvo cincuenta. Pero todos sabemos como funciona la seguridad social y vamos preparados (además de habiendo bien rezado y encomendado a todos los santos del calendario), así que no me pilló de sorpresa y esperé pacientemente. Al cabo de un rato una señorita muy amable, cuyo título aparte de ser la que manejaba la máquina desconozco (de aquí en adelante será la maquinera, por abreviar), me llamó y me pidió que leyera un papelito y lo firmara, que se parecía sospechosamente a aquel otro. Como soy un hombre de pelo en pecho no me amilané y firmé, que por huevos no iba a ser, hombre ya.

Después, la amable maquinera me pidió que la acompañara a explicarme cómo funcionaba la máquina, mayormente sobre lo jaitec, no sobre los siete enanitos de dentro dando martillazos. Que si toma un pijama médico (juro que estaba tan perro que he intentado buscar una fotografía de las cosas esas, pero como no lo he encontrado, os tendréis que conformar con saber que es como un camisón corto de color verdecillo y nada sexy), que si nada de metales, que si te quitas todo lo de abajo menos los pantalones, que si vas a poner la pierna aquí sin mover para que hagamos la resonancia, que si van a ser media hora, que si… ¿Pero qué haces desgraciado?

No sabría decir de quién fue la culpa, si mía por no esperar a que terminaran con las explicaciones, o de la maquinera por no decirme lo primero de todo que había un vestidor. La cuestión es que allí estaba yo al lado de la máquina de hacer las resonancias, con los pantalones a la altura de los tobillos y la chica mirándome con los ojos desorbitados. Y no, desde luego no era por el tamaño de mi miembro viril (que seguía adecuadamente oculto, gracias a que por alguna razón desconocida aquel día llevaba unos gallumbos con la goma nuevecita y no se me caían al bajarme los pantalones), sino más bien, intuyo, por la facilidad con que me había empezado a desnudar delante suya: la primera vez que nos veíamos, sin habernos tomado siquiera un café y sin habernos dicho que nos queríamos. Lo reconozco, soy un hombre fácil.

Después de recuperar la compostura (sin molestarse en mirar a otro lado, eso sí, porque uno no tendrá mucha vergüenza pero tampoco está de mal ver [y sí, esto es publicidad descarada, pero como es mi blog, puedo]), terminó de explicarme las cosas de la maquinita mientras yo me ponía el pijama médico y me colocaba en la máquina. Después de eso sigue media hora de sonidos del tipo toc, toc, toc toc, toc, toc, tac, tac, tac, tac, tac, toc, tac, tooc, tooc, tooc, taac, taac, taac, toc, toc, toc toc, toc, toc, tac, tac, tac, tac, tac, toc, tac, tooc, tooc, tooc, taac, taac, taac, y bueno, os haréis a la idea. Yo me sentía casi en una rave de hardcore techno de ese.

Finalmente acabé, me vestí (en la intimidad, eso sí) y la chica me dio conversación un ratillo preguntándome sobre la rodilla y si podía girarla así o asá. Si es que no hay nada como un poquito de conversación y un cigarrito después de hacer… una resonancia.

Anecdotarium Vitae XI: Kaboooom!! – La tripa de los Nibelungos (4)

Aunque parezca mentira esto toca a su fin…

Día 3.

Me desperté con un dolor diferente en la tripa, tres puntos y un tubo de goma medio enrollado bajo una venda (que me salía de entre los puntos, así que al principio con la desorientación no estaba seguro de si sería un trozo de goma o que se habían olvidado de meterlo todo dentro otra vez, que conociendo cómo está la sanidad pública yo casi me esperaba que me dijeran «perdona, pensábamos ponerte más puntos, pero nos dejamos la aguja dentro»).

Poco tiempo después de despertar vino un médico a decirme que me habían operado de la apendicitis que yo no tenía. En realidad hacía tiempo que el apéndice me había explotado y había pillado una peritonitis bastante seria, la cirujana que me operó dijo que lo más parecido que había visto a mi apéndice en aquella época era una cola del pan en Sarajevo; ellos pensaban quitarme el apéndice pero lo único que hicieron fue despegarlo de donde se había ido pegando y limpiar. Imaginarme a los médicos pasándome la espátula por el triperío no fue nada agradable…

El primer día no fue mucho más interesante, porque además no quisieron darme detalles sobre la operación. Qué gentes.

Día 4.

Muchísimo más interesante que el anterior, descubrí dos cosas importantísimas.

La primera es que aunque no comas necesitas hacer de vientre, que cuando no lo haces te llega a doler la tripa (y van tres dolores diferentes en cuatro días, si en aquellos momentos hubiera pensado en hacer un blog habría dado por hecho que daría para 4 o 5 posts), lo suficiente como para plantearte levantarte de la cama a pesar de que estas seguro que ese hilillo de pacotilla tan fino no podrá mantenerte las chichas en su sitio y va a acabar aquello como una versión garrula de La matanza de Texas, pero le echas lo que hay que echarle y llegas al cuarto de baño y puf… Si le preguntas a una persona sobre qué es lo mejor de la vida, contestarán que la amistad, el amor, la confianza,… tonterías, lo mejor de la vida es poder sentarse en el váter cuando llevas 3 o 4 días sin visitar el cuarto de baño, qué placer, qué tranquilidad, que sosiego…

Otra cosa que descubrí, también importante, es que hay mujeres que te pasan la esponjita y el jabón por las partes pudendas sin necesidad de decirle que la quieres, ni emborracharla, ni drogarla, ni ninguna combinación de las anteriores. (Fíjate tú, además de lo desagradable que será tener que hacer eso en el trabajo, que encima de todo te lo restrieguen en un blog, no se lo que cobrarán esas personas, pero no es suficiente.)

Días 5 a 10.

Sin interés, al menos para vosotros, yo esperaba ansiosamente que viniera la chica morena del pelo rizado a lavarme…

Después de aquello sobreviví a una nada despreciable peritonitis con complicaciones y aprendí mucho acerca de la vida en los hospitales y quienes la pululan (sobre todo la morena del pelo rizado, vaya). En la actualidad no echo de menos mi apéndice y vivo feliz sin él, aunque me consta que perdí una excusa cojonuda para no ir a algunos sitios como es apelar a una apendicitis crónica. »Aaaargh, es que hoy tengo el apéndice peleón.»

¿Alguien apuesta a si habrá 5ª parte? ¿Eh?

Anecdotarium Vitae XI: Kaboooom!! – La tripa de los Nibelungos (3)

Día 2.

El día comenzó de manera parecida al anterior, pero me apiadé un poquito de los santos (que al fin y al cabo no tenían culpa ninguna) y procedí a acordarme de los familiares de los cretinos del día anterior, empezando por los más cercanos y alejándome en la línea sanguínea y lamentándome de que no se hubieran inventado los preservativos antes (si es que tantos problemas de este mundo se hubieran solucionado con la planificación familiar…). En esos momentos mi dominio del arameo ya era magistral.

El alien de mis tripillasAllí estaba yo con los enanitos destrozándome, un sábado por la mañana esperando de un momento a otro que un alien decidiera salirme por el ombligo y bailarme un claqué mientras me ve agonizar. Después de dos días con aquel dolor, puedo decir sin llegar a exagerar que ha habido epidemias con menos uso de medicación que yo en aquellos días. La duda que me corroía (era lo que me faltaba ya, que me corroyera algo además) era si moriría por explosión interna o por sobredósis de gelocatil, aspirina efervescente, y demás cosas del mal comer (o si al final conseguiría una bellísima úlcera, que también me molaba la idea ya para tener la parejita).

En mi inmensísima confianza en el sistema médico (sí, yo antes me fiaba de la gente, palabrita del niño Jesús), aquella tarde a primera hora, después de comprobar durante más de 24h que el dolor no sólo no amainaba sino que cada vez iba a más, decidí volver (en realidad decidieron, porque yo no estaba para otra cosa que decir aaaaargh, aough, ouch, grgrgrgr, arf, ohdiosmío, y voyamataratodoslosmédicosdelmundo, etc), aparte de replantearme aquello de la eutanasia y tal.

Afortunadamente para él. el tercer médico que me vio, además de analizar la manera en que me retorcía de pura agonía, se fijó en la expresión de mi cara. Es la típica cara que le pones al que ha matado con ensañamiento a tu periquito o al que se lleva el último sandwich vegetal; entornas los ojos, aprietas los dientes y parece que masculles «reza lo que sepas, escoria», puro Clint Eastwood. Y como nos vio la cara de no tener ganas de discutir me mandó al hospital (ah, es verdad, no había dicho que aquí no había hospital, sólo un centro de salud cutre salchichero).

Fue cosa de segundos que pusiéramos rumbo al hospital más cercano, y con 100 caballos por banda, tuboscape en popa a todo trapo, no rueda la carretera sino vuela un R11 de 20 años (que luego se diga que no hay cultura por ahí). Fue que nada más pusieran mi trasero sobre un asiento de la sala de urgencias (porque si tenía que ponerlo yo, la cosa no habría ido más allá de caerme dentro de la sala y decir aaaaargh) y pasó por allí una cirujano que cuando me vio el rictus aquel que no solamente decía aaaaargh y me muero, sino que decía aaaaargh y ojalá os pase a todos vosotros, os odio; dijo a voz en grito: «este, a quirófano, ya!!». Durante unos segundos me reconcilié con el mundo de la medicina, de verdad.

De aquí en adelante no voy a dar muchos detalles porque es tontería. Baste decir que a pesar de las aparentes prisas para entrar a quirófano primero me hicieron echar un chorrito en un bote de esos para los análisis; ni qué decir tiene que es bien difícil echar el chorro dentro del bote cuando el pulso tiene la misma estabilidad que un florero en un terremoto de 6 grados en la escala de Richter: creo que al final había más agüita amarilla (olé torero) fuera que dentro del bote. Hubo quien se ofreció a ayudarme, y que conste que ese es un chiste típico de hombres, pero en esos momentos no había ganas de coña (ahora me arrepiento). Y antes de media hora estaba metido en el quirófano, con una señorita muy amable afeitándome la barriguilla y poniéndome la mascarilla otro todo majo que no hacía más que darme conversación. Hola qué tal. Aaaaargh. ¿Cómo te llamas? Aaaaargh. ¿De dónde eres? Aaaaargh, sigo despierto, tío cansao…

P.D.: Aquí sigue sin haber hospital, el centro de salud parece por fuera algo menos cutre salchichero ahora que entonces pero no se si los médicos de dentro serán los mismos, ni pienso comprobarlo. Me he agenciado un vademecum con el eMule y un cuchillo jamonero de los buenos, el día que me duela algo me pongo yo mismo manos a la obra antes que ir ese sitio infernal otra vez.